Blog · Historia de los géneros
El origen del terror
El terror no empieza con Stephen King ni con Drácula. Un recorrido por los padres del miedo literario: del castillo de Otranto al monstruo más viejo del mundo.
Parte 1
El terror no empieza con Stephen King, ni Drácula, ni con Frankenstein. Empieza con un libro de 1764 que la mayoría de los fanáticos del género no leyó jamás.
Ese año, un inglés llamado Horace Walpole publica El castillo de Otranto, y se inventa de cero todo el kit del terror gótico: el castillo embrujado, el linaje maldito, lo sobrenatural metiéndose en el mundo real. Todo lo que hoy asociás con una historia de miedo empezó ahí.
Pero la que de verdad convirtió esto en un fenómeno fue Ann Radcliffe que, treinta años después, era la autora más vendida de Inglaterra, la que fijó el molde que todos copiaron.
Radcliffe fue la primera en darse cuenta de que el miedo tiene dos formas distintas. Una es el terror, el pavor de lo que no ves, la puerta que se abre despacio. La otra es el horror, el asco y el shock de lo que sí ves, el monstruo a plena luz. Ella decía que el terror es más elevado, más fino que el horror barato. Acordate de esta distinción, porque al final de todo va a volver, de la boca de la persona menos pensada.
Pero volviendo a Walpole, ¿qué hizo diferente a quienes lo precedieron? Antes de él, lo sobrenatural vivía lejos, en los cuentos de hadas, en un "había una vez". Walpole metió el terror en un lugar real y creíble e hizo que lo importante fuera el miedo en sí, no el monstruo de turno.
Pero los monstruos siguieron siendo importantes. De hecho, dos de lo más aclamados de toda la historia nacieron una misma noche. Te lo cuento en la parte dos.
Parte 2
En la parte uno vimos que el padre del terror es Horace Walpole, un tipo que casi nadie leyó. Ahora te voy a contar el evento más importante en la historia del género. En una sola noche, en una sola casa, junto a un lago, nacieron los dos monstruos más aclamados del terror.
Verano de 1816, el año sin verano: explota un volcán del otro lado del mundo y el cielo de media Europa se bloquea. A orillas del lago de Ginebra, en una villa llamada Diodati, un grupo de amigos está encerrado por la lluvia que no para. Está el poeta Lord Byron, están los Shelley, y está el médico de Byron, un joven llamado John Polidori.
Para matar el aburrimiento, Byron propone un juego: cada uno escribe una historia de terror. Y de esa noche salieron dos monstruos que todavía hoy dominan el género.
Uno ya lo vimos en los videos de ciencia ficción: Mary Shelley escribió Frankenstein. Pero al otro lo recuerdan pocos. Polidori, el médico, escribió un cuento llamado "El vampiro", y ahí inventó al vampiro moderno: aristócrata, seductor, elegante, letal. Ochenta años antes de Drácula. Porque muchos creen que el vampiro lo inventó Bram Stoker, y no: el vampiro nació esa noche de tormenta, de la mano de un médico aburrido. Después vino Carmilla, una vampiresa que apareció veinticinco años antes que Drácula.
Y el vampiro no dejó de mutar. Ya entrado el siglo veinte, una escritora estadounidense, Anne Rice, le dio algo que el monstruo nunca había tenido: su propia voz. Por primera vez el vampiro dejaba de ser la amenaza en las sombras y pasaba a ser el narrador, el protagonista atormentado que te cuenta su historia en primera persona. Su novela Entrevista con el vampiro, de 1976, lo transformó en una criatura seductora, trágica y casi humana, y de ahí en más nace todo el vampiro romántico que domina hasta hoy.
O sea: una sola tormenta le dio al mundo la ciencia ficción moderna y el vampiro moderno. Pero mientras en Europa nacían los monstruos, del otro lado del océano un tipo estaba a punto de cambiar el terror para siempre, llevándolo a un lugar mucho más incómodo: adentro de tu cabeza. Sigue en la parte tres.
Parte 3
Edgar Allan Poe no inventó el género de terror, pero lo revolucionó. Hasta que llegó él, el terror venía de agentes externos (castillos, monstruos, etc). Pero el estableció que lo más aterrados es lo que pasa en la mente.
Si viste mi otra serie ya sabés que es una figura muy importante para la ciencia ficción, y acá, en el terror, es una columna fundamental. Sus cuentos no tratan con bestias: van de culpa, de locura, de un tipo que escucha latir el corazón de un muerto abajo del piso y se vuelve loco. Inventó al narrador en el que no podés confiar, porque está tan perturbado que ni él sabe qué es real. Y lo hizo en un formato nuevo para el terror: el cuento corto, filoso, que te perfora con la introspección.
Pero mientras Poe volvía loca a medio Estados Unidos, del otro lado del mar los ingleses otros titanes literarios.
Parte 4
La época dorada del género de terror duró unos 100 años en Inglaterra, donde nació la costumbre de contar historias de fantasmas en la navidad.
Charles Dickens creó una historia de fantasmas navideña muy popular: Cuento de Navidad, y también escribió el guardavías, sobre un hombre perseguido por una aparición que anuncia desgracias.
Pero el maestro absoluto de esta era fue un tipo que hoy poca gente conoce: M.R. James, un académico serio, que cada Navidad les leía a sus alumnos un cuento de fantasmas nuevo.
Sus historias inventaron una regla de oro del terror que se usa hasta hoy: nunca muestres del todo al fantasma. Una sombra, una tela que se mueve donde no hay viento, algo peludo y húmedo que te toca en la oscuridad. Justo lo que decía Radcliffe en la parte uno: el terror de lo que no ves es peor que el horror de lo que ves.
Así se fundó una de las cuatro grandes figuras del género, junto al vampiro, el monstruo y el hombre lobo: el fantasma. Pero a principios del siglo veinte, todo ese terror elegante y de buenos modales estaba por chocarse con algo mucho más sucio y barato. Y de esa mezcla iba a salir el escritor de terror más influyente de la historia y al que nadie leyó cuando el aún vivía. Sigue en la parte cinco.
Parte 5
El escritor de terror más importante del siglo veinte murió en la ruina absoluta, convencido de que había fracasado.
Se llamaba H.P. Lovecraft. A principios del siglo veinte había un montón de revistas baratas, impresas en el peor papel, que publicaban cuentos de terror, aventuras y monstruos. Ahí, medio escondido, Lovecraft inventó un tipo de miedo nuevo: el terror cósmico.
La idea de que el universo es infinito, indiferente y está lleno de dioses monstruosos tan enormes que ni siquiera registran que existís, y que si llegás a entender su verdad y la del cosmos, te volvés loco.
Criaturas como Cthulhu salieron de ahí. Pero Lovecraft casi no vendió nada, vivió pobre y se murió en 1937 sin nada, dando por perdida toda su obra.
Hoy sería un olvidado más… si no fuera por un joven admirador llamado August Derleth, que no soportó la idea de que Lovecraft desapareciera, fundó una editorial —Arkham House— con un único propósito: juntar esos cuentos tirados en revistas viejas y salvarlos en libros. Sin ese tipo, Cthulhu no existiría. Igual que en mi serie de ciencia ficción había un editor moviendo los hilos detrás del más grande, acá hay uno que directamente lo rescató del olvido.
Lovecraft, además de escribir, fue el primero que se sentó a estudiar el terror en serio: escribió un ensayo largo trazando de dónde venía el género, quiénes eran sus maestros. A diferencia de la fantasía y la ciencia ficción, el primer mapa de la historia del terror lo dibujó uno de sus propios escritores.
Y entre Lovecraft y lo que vino después hay un puente que casi nadie nombra: Richard Matheson. En 1954 publicó Soy leyenda, y ahí hizo algo revolucionario: convirtió al vampiro en una plaga. Una enfermedad, explicada con ciencia, que arrasa el planeta y deja a un solo hombre vivo, atrincherado en su casa, rodeado cada noche por los infectados. De ese libro nació el zombi moderno y todo el terror apocalíptico: el mismísimo George Romero admitió que su Noche de los muertos vivientes la robó directamente de ahí. Y Matheson fue el maestro secreto de dos gigantes: Stephen King lo señala como una de sus mayores influencias, y hasta Anne Rice —la que le dio voz al vampiro en la parte dos— reconoció que la marcó más de lo que podía explicar.
Pero después de Lovecraft el terror explotó como nunca antes. Sigue en la parte seis.
Parte 6
Si hablamos del terror en la literatura no podemos dejar de lado a su rey: Stephen King, que en 1974 convirtió el terror en su reinado con su primera novela.
De ahí en más, King fue una máquina imparable, y el terror se transformó en una industria de best-sellers gordos apilados a la entrada de cada librería. Es, igual que Tolkien para la fantasía, el nombre que todos recuerdan.
Pero la cosa está en que King, el rey, se pasa la vida arrodillándose ante otra persona. Cada vez que le preguntan quién es el mejor, nombra a una mujer que la mayoría de sus fans nunca leyó: Shirley Jackson.
En los años cincuenta y sesenta, mientras el terror eran monstruos, Jackson escribió el miedo más silencioso y perfecto que existe. Su novela La maldición de Hill House —sobre una casa embrujada y una mujer que se deshace por dentro— King la considera una de las mejores novelas de terror del siglo, y la nombra como su mayor influencia.
Jackson no necesitaba monstruos: le bastaba una casa, una mente frágil y una sensación de que algo está mal.
Pero esto no empezó con ella, ni con King, ni con Poe. Entonces, ¿Cuál es el miedo más viejo de la historia? Lo conocemos en la parte 7.
Parte 7
¿Cuál es el origen del género de terror? Para encontrarlo no basta con retroceder siglos, como en el primer video de esta serie. Tenemos que retroceder milenios.
Empecemos por una bomba. ¿Leíste El exorcista? El demonio que posee a la nena se llama Pazuzu, que es el nombre de un demonio fuera de la novela, de la antigua Mesopotamia, de hace tres mil años. Los babilonios le tenían tanto miedo que usaban su cara como amuleto. Pazuzu es, en los mitos, el hermano de Humbaba, el monstruo que custodia el bosque en el Poema de Gilgamesh, el relato más antiguo conservado de la humanidad.
En esa misma cultura estaba Lamashtu, una demonio que se metía en las casas a hacer cosas terribles: cuatro mil años, y ya teníamos pesadillas por escrito.
Y hay más, en todas las culturas. En la Odisea griega, hace casi tres mil años, hay una escena de necromancia (muertos vivos). Los romanos también tenían lo suyo: en el Satiricón, del siglo primero, está el primer hombre lobo de la literatura. Y el fantasma clásico, el de la sábana y las cadenas, ya estaba: hace casi dos mil años, un romano llamado Plinio el Joven escribió sobre una casa embrujada, con el espectro de un viejo que aparecía de noche arrastrando cadenas, pidiendo descanso. La misma imagen que seguís viendo hoy.
Así que demonios, hombres lobo y fantasmas encadenados venían aterrorizando gente desde el principio de la escritura. Lo que nos deja con la pregunta más grande de todas: si el miedo es así de viejo, entonces ¿nadie lo inventó? ¿Quién es el verdadero padre del terror? La respuesta en la parte ocho.
Parte 8
Nadie creó el género de terror. Ni Walpole, ni Poe, ni Lovecraft, King.
Te explico, y acá cierra todo. ¿Te acordás de Ann Radcliffe, en la parte uno, diciendo que el miedo tenía dos formas, el terror de lo que no ves y el horror de lo que ves? Bueno, ciento cincuenta años después, ¿sabés quién agarró esa misma idea y la puso en un libro? Stephen King. El rey, además de escribir novelas, escribió un ensayo entero sobre la historia del terror —igual que había hecho Lovecraft— y ahí explica que el miedo tiene niveles: el terror, lo más fino, el pavor de lo que imaginás; después el horror, el monstruo a la vista; y abajo de todo, el asco, el golpe fácil. Es exactamente lo que decía Radcliffe en 1826. El nombre más grande del género terminó repitiendo, sin cambiarle casi nada, lo que había dicho una mujer olvidada dos siglos antes.
La ciencia ficción se define por sus ideas. La fantasía, por sus mundos inventados. El policial, por su enigma. Pero el terror no se define por lo que tiene adentro: se define por lo que te hace a vos. Es el único género bautizado por una emoción. No importa el contexto. Lo único que tienen en común todas las historias de terror de la historia es que buscan apretarte el mismo botón: el miedo. Y ese botón no lo inventó nadie. Es el reflejo más viejo que tenemos, el que hacía que nuestros antepasados se quedaran cerca del fuego mirando la oscuridad. Walpole no inventó el miedo, igual que nadie inventó la risa o el llanto. Lo único que hizo él, y Poe, y Lovecraft, y King, fue encontrar una manera nueva de apretar ese botón tan antiguo.
Por eso el terror no tiene un padre, ni una madre, ni una fecha de nacimiento. El terror no es un género que nació: es el miedo, que es tan viejo como nosotros, poniéndose un disfraz distinto en cada época. Y mientras haya oscuridad, y alguien dispuesto a mirarla, ese disfraz nunca va a dejar de cambiar.
← Volver al blog