Blog · Historia de los géneros

El origen de la novela histórica

Al padre de la novela histórica lo coronaron tarde. La historia del género que convirtió el pasado en literatura: de la epopeya a la herida.

Parte 1

A este hombre lo llaman el padre de la novela histórica. El problema es que, cuando publicó su primera novela, dos mujeres ya habían escrito varias del mismo tipo. Y a una de ellas él mismo la nombró.

Ese hombre es Walter Scott. En 1814 publica Waverley, sin firmar, y se transforma en un éxito instantáneo: al autor misterioso lo empezaron a llamar "el Gran Desconocido". Scott inventó la fórmula que usamos hasta hoy: un protagonista inventado al que la Historia real, con mayúscula, lo agarra y lo arrastra; personajes reales que aparecen entre los ficticios; una época entera reconstruida hasta el último detalle. Su influencia fue titánica: de él salieron Tolstói, Victor Hugo, Balzac, Dumas. Tanto, que un siglo después un crítico húngaro, Lukács, escribió el gran libro que lo coronó oficialmente como el fundador del género. Pero ¿qué hizo Scott de nuevo, cuál es el ADN? Antes de él, el pasado en la ficción era un simple disfraz: castillos y caballeros de decorado, gente de hoy vestida de antigua. Scott fue el primero en tratar el pasado como otro país: la idea de que la gente de antes pensaba, creía y vivía de una manera genuinamente distinta, y de que la Historia es una fuerza que aplasta a la gente común. Eso —la conciencia de que el pasado es ajeno— es lo que fundó el género.

Pero el hombre que agarró el invento de Scott y lo convirtió en un imperio no escribió sus obras maestras del todo solo. Tenía un fantasma. Sigue en la parte dos.

Parte 2

El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros son de las novelas más leídas de la historia. Y Alejandro Dumas, el autor, no las escribió solo. Tenía, literalmente, una fábrica de novelas. Y adentro, un hombre invisible.

Vamos por partes. Si Scott inventó la novela histórica, Dumas la volvió una industria: publicaba sus historias por entregas en los diarios, capítulo tras capítulo, enganchando a millones de lectores como una serie de hoy. Pero para producir a esa velocidad, Dumas montó un taller con decenas de colaboradores. En algún momento llegó a tener setenta y tres personas trabajando para él. Y el más importante de todos fue un tal Auguste Maquet, un historiador de formación. Maquet hacía la investigación histórica y armaba las tramas —el esqueleto de la historia—; después Dumas las agarraba, les inyectaba sus personajes, sus diálogos y su estilo inconfundible, y las firmaba con su solo nombre. Los libros salían como "de Dumas", y Maquet no aparecía por ningún lado. Hasta que Maquet se cansó y lo llevó a juicio, en los años cincuenta, para reclamar el crédito y la plata de dieciocho novelas. ¿Y sabés cómo terminó? Ganó una compensación económica… pero el tribunal falló que el autor era Dumas, y solo Dumas. Hasta el día de hoy, Maquet no figura como coautor de nada.

Así que el monumento más popular de la novela histórica salió de un negocio industrial con un fantasma adentro. Pero ahora viene la pregunta que rompe todo: ¿y si te dijera que Scott, el padre, ni siquiera fue el primero? Sigue en la parte tres.

Parte 3

Todos los libros de historia de la literatura dicen que Walter Scott inventó la novela histórica en 1814. Y es mentira. Antes que él, ya había mujeres escribiéndola. Y él lo sabía perfectamente.

Te explico. Más de diez años antes de Waverley, una escritora llamada Jane Porter publicó Tadeo de Varsovia, sobre un exiliado polaco, y fue un exitazo. Después publicó Los jefes escoceses, sobre héroes de la historia de Escocia, cuatro años antes que Scott. O sea: novela histórica, con hechos reales y personajes reales, hecha por una mujer, antes que el supuesto padre del género. Y no estaba sola: estaba también Maria Edgeworth, que había retratado el pasado de Irlanda y que en 1814 era mucho más famosa y ganaba mucho más que Scott. Y acá está lo picante. Cuando Scott publica Waverley, en el prólogo aclara que él ya venía escribiéndola desde hacía una década —para que nadie diga que copió a las mujeres— y encima nombra a Maria Edgeworth como inspiración. Pero a las hermanas Porter, que le habían ganado de mano, no las menciona jamás. Ellas lo conocían desde chicas, y se lo reprocharon toda la vida: sentían, con razón, que él actuaba como si el género lo hubiera inventado él.

Ahora, en defensa de Scott, hay quienes dicen que él sí agregó algo nuevo, esa conciencia del pasado como otro país que te conté en la parte uno, y que las mujeres escribían algo más parecido a la aventura romántica. Pero la corona de "primero" es, como mínimo, discutible. Como siempre en estas historias: una madre que llegó antes, un padre que se quedó con el nombre. Y una vez fundado, el género tuvo su época de oro. Sigue en la parte cuatro.

Parte 4

Después de Scott, la novela histórica se convirtió en el género más ambicioso del siglo diecinueve. Y después, en el veinte, dio un giro inesperado: dejó de mirar los grandes campos de batalla para meterse adentro de una sola cabeza.

Primero, la explosión. Victor Hugo hizo Nuestra Señora de París; el italiano Manzoni escribió Los novios, la gran novela histórica de su país; el norteamericano Cooper, El último mohicano. Y en la cima de todo, un ruso llevó el género a un lugar que nadie superó: Tolstói y Guerra y paz, donde cientos de personajes son arrastrados por la invasión de Napoleón. La novela histórica era la forma de contar naciones enteras. Pero en el siglo veinte pasó algo interesante. En vez de multitudes, algunos autores usaron la Historia para hacer un retrato psicológico íntimo. El inglés Robert Graves escribió Yo, Claudio, las memorias falsas de un emperador romano contadas desde adentro. Y una escritora, Marguerite Yourcenar, hizo una obra maestra absoluta, Memorias de Adriano: un emperador, ya viejo, reflexionando sobre su vida en una larga carta. Y hacia el final del siglo, el italiano Umberto Eco dio la última vuelta de tuerca con El nombre de la rosa: una novela histórica que es, a la vez, un policial ambientado en un monasterio medieval. Ese libro es el puente perfecto entre este género y mi serie sobre el policial.

Y el género sigue vivísimo hoy, y tira para los dos lados a la vez. Por un lado, la escala gigante nunca murió: el galés Ken Follett convirtió la Edad Media en un fenómeno mundial con Los pilares de la Tierra, la historia de la construcción de una catedral en la Inglaterra del siglo doce, que leyeron decenas de millones de personas y que es, probablemente, la novela histórica más popular de las últimas décadas. Y por el otro, ese retrato íntimo que te venía contando llegó a su punto más alto ya en nuestro siglo, con la inglesa Hilary Mantel: en En la corte del lobo se mete adentro de la cabeza de Thomas Cromwell, el hijo de un herrero que terminó siendo la mano derecha de Enrique VIII, y lo hace con tanta hondura que se convirtió en la primera mujer en ganar dos veces el Premio Booker, el más prestigioso en lengua inglesa. Y fijate el guiño perfecto: uno de los premios que ganó Mantel lleva el nombre de Walter Scott, el mismo con el que arrancó toda esta historia.

Así, en dos siglos, la novela histórica pasó de pintar batallas gigantescas a pintar el alma de una sola persona muerta hace mil años. Pero, ¿y en nuestra propia lengua, en nuestro propio continente? Ahí el género hizo algo distinto y poderosísimo. Sigue en la parte cinco.

Parte 5

En Latinoamérica, la novela histórica no fue un entretenimiento. Fue una manera de ajustar cuentas con nuestro propio pasado: la conquista, las independencias, las dictaduras. Acá el género se volvió una herida abierta.

Empezó temprano. En plena dictadura de Rosas, un argentino, José Mármol, escribió Amalia, una novela de amor y terror ambientada en el propio régimen que lo perseguía: novela histórica escrita casi en tiempo real, como un acto de resistencia. Y en el siglo veinte, América Latina agarró el género y lo hizo estallar en lo que se llamó la nueva novela histórica. García Márquez escribió El general en su laberinto, sobre los últimos días de Simón Bolívar, mostrando al héroe de bronce como un hombre enfermo y derrotado. Nuestro Vargas Llosa —del que ya te hablé con El sueño del celta— construyó buena parte de su obra excavando episodios reales de nuestra historia. Y por todo el continente, la novela histórica se convirtió en la forma de contar lo que los libros oficiales callaban: las masacres, los desaparecidos, los perdedores. Mientras en Europa el género reconstruía imperios, acá servía para preguntarle a la cara al poder qué había pasado de verdad.

Pero la novela histórica no nació en Europa, ni mucho menos. Para encontrar sus raíces reales hay que ir muy lejos, en el tiempo y en el mapa. Sigue en la parte seis.

Parte 6

Mientras en Europa nadie soñaba con la novela histórica, del otro lado del planeta ya existía, y era monumental. Cuatrocientos años antes de Walter Scott.

En China, en el siglo catorce, se escribió el Romance de los Tres Reinos, una de las grandes novelas clásicas de esa cultura: una obra enorme, de cientos de personajes, que novela la caída de una dinastía real y las guerras que vinieron después. Historia real convertida en ficción épica, cuatro siglos antes de Waverley, y todavía hoy es una piedra fundamental de la cultura china: la conocen por películas, series y videojuegos. Y no fue la única. En Japón, más atrás todavía, se compuso El cantar de Heike, que narra una guerra real entre dos clanes por el poder, con batallas, traiciones y caídas de imperios. O sea que la idea de agarrar el pasado real de un pueblo y convertirlo en una gran historia no la inventó ningún inglés del siglo diecinueve: ya estaba, y hecha a lo grande, del otro lado del mundo, siglos antes.

Pero podemos ir todavía más al fondo. Tanto, que llegamos a una pregunta que da vértigo: ¿dónde termina la novela histórica y dónde empieza la historia de verdad? Porque quizás la primera "novela histórica" fue la propia historia. Sigue en la parte siete.

Parte 7

Te tiro una idea que puede incomodar: los primeros libros de historia de la humanidad ya eran, en parte, ficción. Los padres de la historia inventaban diálogos, discursos y escenas dramáticas que jamás pudieron haber escuchado.

Retrocedamos hasta el principio. Hace casi dos mil quinientos años, un griego llamado Heródoto escribió la primera gran obra de historia de Occidente, y por eso lo llaman "el padre de la historia". Pero sus libros están llenos de conversaciones, de discursos completos, de escenas armadas con un dramatismo de novela: cosas que él no tenía forma de conocer palabra por palabra. Las reconstruía, las imaginaba, para que la historia tuviera fuerza. Y su sucesor, Tucídides, considerado mucho más riguroso, admitió algo asombroso por escrito: dijo que los discursos de su libro los había compuesto él, poniéndole a cada personaje lo que le parecía apropiado que hubiera dicho en esa situación. O sea: el segundo historiador más serio de la Antigüedad te está confesando que inventó los parlamentos. La frontera entre contar lo que pasó e imaginar cómo pasó fue borrosa desde el primerísimo día.

Y eso nos deja justo al borde de la revelación final. Si hasta la historia "de verdad" nació mezclada con la invención… entonces ¿qué es realmente una novela histórica? ¿Una mentira sobre el pasado, o algo más? La respuesta, en la parte ocho.

Parte 8

Llegamos al final, y con una idea que le da vuelta todo. Nos pasamos siete partes tratando a la novela histórica como una versión adornada, medio tramposa, de la historia real. Pero es al revés: la novela histórica te dice una verdad que el libro de historia no puede darte.

Pensalo así. Un libro de historia te dice qué pasó: la fecha de la batalla, el nombre del rey, cuántos murieron. Datos. Pero no te puede decir lo único que de verdad importa: qué se sentía estar vivo en ese momento. Qué olía, qué se temía, cómo latía el corazón de un soldado común la noche anterior a la masacre. Eso —la experiencia, la piel del pasado— solo te lo puede dar la ficción. La novela histórica miente en los detalles para no mentir en lo esencial: inventa a un personaje que nunca existió, justamente para hacerte sentir una época que sí existió. Y ahí está el golpe final, la idea que viste asomar en la parte siete: todo libro de historia es, también, un relato que alguien eligió contar. Alguien decidió quién es el héroe y quién el villano, qué se cuenta y qué se calla, dónde empieza y dónde termina la historia. La línea entre la historia y la novela histórica nunca fue tan limpia como nos dijeron.

Por eso la novela histórica no es una corrupción de la historia. Es la historia admitiendo lo que siempre fue en secreto: un intento de darle sentido y forma al caos del pasado, para que no se pierda. No tiene un solo padre, ni una fecha de nacimiento: nació el día en que el primer ser humano miró hacia atrás, hacia los que ya no estaban, y en vez de una lista de nombres eligió contar una historia. Tené en cuenta que no todos los que vagan están perdidos. Algunos buscamos historias.

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