Blog · Historia de los géneros

El origen de la fantasía

¿Tolkien inventó la fantasía? La historia real del género: de Gilgamesh y Beowulf a la edición pirata que conquistó Estados Unidos y el hijo que terminó la obra de su padre.

Parte 1

Tolkien no inventó ni uno solo elemento de la fantasía.

¿Los dragones los inventó él? ¿La magia? ¿Los enanos, los elfos, las espadas encantadas, el mago viejo de barba blanca? Nada de eso. Todo eso ya estaba, y estaba hacía miles de años, mucho antes de que él naciera. Se agarró un cajón lleno de piezas prestadas.

Y sin embargo lo coronamos como el padre de la fantasía moderna. ¿Por qué?

Una de las razones es que Tolkien no empezó por sus historias, sino por sus idiomas. Él creó lenguas completas, con gramática, por puro placer, años antes de que existiera un solo personaje. Es decir, no creó esos idiomas para la fantasía, sino para sí mismo, por su amor a la filología. Y después escribió El hobbit, el Señor de los Anillos y todo lo demás, casi como excusa, para darles a esas lenguas un mundo donde poder existir. Él mismo lo dejó escrito en una carta: las historias las hizo para darles un lugar a los idiomas, y no al revés.

Ahí hay algo que no hizo nadie antes que él en la literatura. Es cierto que hubo intentos de idiomas artificiales, como el de Percy Greg en 1880 para su a través del zodiaco, pero él había hecho una simple sustitución de palabras. Tolkien, en cambio, estableció una evolución para sus lenguas, como sucedió en la vida real como en el ejemplo del latín a las lenguas romances. Edificó reglas gramaticales, tiempos verbales, declinaciones, vocabulario. Idiomas de verdad.

Pero antes de profundizar hasta qué punto Tolkien cambió la historia de la literatura, tenemos que comprender cuál fue el mundo que él habitó, qué era la fantasía en su tiempo y, sobre todo, antes de él. Y vamos a empezar por desgranar su título de "padre de la fantasía moderna" y quién lo coronó de esa forma. Te lo cuento en la parte dos.

Parte 2

¿Cómo Tolkien se volvió el padre de la fantasía?

Si El Señor de los Anillos salió en 1954, ¿por qué la explosión de la fantasía, la de verdad, la que llenó las librerías, no pasó hasta los años sesenta? Y ni siquiera pasó en Inglaterra, la tierra de Tolkien. Pasó en Estados Unidos. Y arrancó con un robo.

Tolkien odiaba los libros de bolsillo. Cuando un editor lo llamó para sacarlo en ese formato, dijo que jamás iba a permitir que su obra apareciera de una forma tan "degenerada". Así que en Estados Unidos, durante diez años, El Señor de los Anillos casi no circuló porque no era vendible. Eran libros gigantescos de tapa dura.

Hasta que en 1965 un editor llamado Donald Wollheim encontró un agujero legal: por un descuido con los derechos de autor, la novela estaba, técnicamente, sin protección en Estados Unidos. Y sin pedirle permiso a nadie, sacó la primera edición de bolsillo de El Señor de los Anillos de la historia. Barata, con tapas llamativas. Una edición pirata.

Tolkien, ahogado de rabia, sacó una edición autorizada con un cartelito en la contratapa pidiéndole a la gente que no comprara la pirata. Fue un conflicto al que se llamó "la guerra por la Tierra Media", que salió en todos los diarios. ¿Y sabés qué logró esa pelea? Que decenas de miles de universitarios se enteraran de que existía El Señor de los Anillos. Vendió como nunca.

O sea: Tolkien escribió el libro, pero lo que lo coronó como "padre de la fantasía" fue una edición pirata, una guerra de derechos y los estudiantes enamorados de la historia. La fantasía como género que se compra en una librería nació ahí, en los sesenta, y no del todo por voluntad del hombre que la firmó.

Pero una vez que las editoriales vieron que esto vendía, se abrieron las puertas a una explotación del género. Apareció una nueva generación. Si Tolkien fue el padre de la fantasía moderna, los que siguieron fueron los hijos. Los vemos en la parte tres.

Parte 3

La fantasía se industrializó. Después de que El Señor de los Anillos impactara en Estados Unidos, aparecieron cientos de escritores que pretendían aferrarse a esa fama.

En 1977, un tipo llamado Terry Brooks publicó La espada de Shannara. Y era Tolkien casi calcado: un héroe humilde, un mago que lo guía, un objeto de poder, una compañía que cruza un mundo enorme para enfrentar a un señor oscuro. Los críticos lo destrozaron por copión. Pero no importó: fue el primer libro de fantasía en pegar como best-seller masivo, de esos que se apilan a la entrada de la librería. Y con eso les demostró a las editoriales algo que ya no tenía vuelta atrás: la fantasía épica era un negocio. De ahí en más vinieron las sagas-ladrillo, los mundos con apéndice y glosario, los mapas inventados. Todos, de una forma u otra, eran hijos de la Tierra Media.

Pero no todo fueron copias. Al mismo tiempo, por otro carril, la fantasía tuvo hijos que en vez de imitar a Tolkien discutían con él. Algunos de los casos más relevantes son Rowling, Sanderson y Martin. Pero una escritora muy interesante es Ursula K. Le Guin, que en 1968 —o sea, antes de la explosión comercial— publicó Un mago de Terramar. unmundo inventado, coherente, con reglas propias —el molde de Tolkien— pero contando algo completamente distinto.

Así que la generación de los hijos se parte en dos: los que copiaron el molde y los que lo usaron para alejarse todo lo posible. Y los dos grupos, sin querer, terminaron de convencer al mundo de que Tolkien era el padre de todo.

Ahora bien, Tolkien tampoco se hizo solo. Atrás de él, igual que atrás del más grande de la ciencia ficción, hubo alguien que ordenó la historia del género y dibujó el árbol genealógico. Te lo cuento en la parte cuatro.

Parte 4

¿Qué es la fantasía en literatura? En los 60 nadie lo sabía muy bien. Estaba Tolkien, sí. Pero, ¿y antes? ¿De dónde venía? Estaba todo desparramado, perdido en revistas viejas.

Y ahí apareció un editor llamado Lin Carter. Entre 1969 y 1974, desde una colección de una editorial, Carter se dedicó a rescatar del olvido a los fantásticos anteriores a Tolkien. Reeditó en libros baratos a un montón de autores que ya casi nadie leía —Morris, Dunsany, Eddison—, y los puso a todos bajo la misma bandera: "todo esto es la tradición de la fantasía".

Pero su jugada más grande llegó en 1973, y no fue una novela. Fue un ensayo: Carter no escribió una historia inventada, sino el primer libro que se sentó a contar de dónde venía el género de verdad —quiénes lo habían fundado, cómo se había ido desarrollando, cómo se llegaba hasta Tolkien. Antes de Carter, nadie había dibujado ese mapa completo, con todos esos escritores conectados.

Y acá va un dato que, si viste mi video sobre la ciencia ficción, te va a sonar: ese mismo año, 1973, Brian Aldiss hizo exactamente lo mismo con la ciencia ficción y coronó a Frankenstein como su primera novela. Dos géneros que hoy sentimos eternos fueron ordenados, mapeados y contados como una sola tradición continua por un puñado de editores y críticos, casi al mismo tiempo, hace apenas medio siglo. Lo que vos creés que es "el árbol genealógico de la fantasía" es el árbol que dibujó Lin Carter.

Pero él no inventó a esos abuelos de la fantasía: los rescató. Existían de antes. Y son unos cuantos. Sigue en la parte cinco.

Parte 5

Los maestros de Tolkien, los abuelos de la fantasía, fueron unos cuantos:

George MacDonald, en 1858, escribió Phantastes, un viaje por un mundo de sueño y hadas. Tanto C.S. Lewis, el de Narnia, como el propio Tolkien lo señalaron como una de sus influencias. Lewis llegó a decir que ese libro le "bautizó la imaginación".

Después viene William Morris, que a fines del siglo XIX hizo algo clave: escribió novelas de aventuras ambientadas en mundos medievales completamente inventados, en prosa. Muchos lo señalan como el que abrió el camino que Tolkien terminó de recorrer.

Y el nombre más impresionante para nuestra historia es Lord Dunsany. En 1905, con Los dioses de Pegāna, hizo algo que no había hecho nadie antes en inglés: se inventó un panteón entero, dioses propios, una mitología y un cosmos desde cero. Antes de que Tolkien construyera su legendario Silmarillion, Dunsany ya había construido uno. A eso sumale a E.R. Eddison y La serpiente Uróboros, de 1922, otro mundo inventado de punta a punta.

Y por un costado, en las revistas baratas estadounidense, crecía otra rama: en 1932, Robert E. Howard publicó a Conan. Bárbaro, espada, hechiceros, ruinas malditas.

O sea que cuando Tolkien publica, ya había toda una generación de abuelos de la fantasía creando mundos y magia. Pero, ¿alguno de estos fue el primero? Tampoco. Para nada. Hay que ir mucho más atrás. Sigue en la parte seis.

Parte 6

¿Cuál es el inicio de la fantasía en la literatura? Retrocedamos de verdad. Siglos, no décadas.

Antes de los abuelos que te conté en la parte anterior, estaban los cuentos de hadas: los que juntaron los hermanos Grimm en Alemania, o Perrault en Francia, con sus brujas, sus lobos que hablan, sus hechizos y sus reinos sin tiempo.

Pero podemos ir más atrás todavía. En 1590, un inglés, Edmund Spenser, escribió La reina de las hadas: caballeros, magos, monstruos y un país encantado. Y antes, en 1516, un italiano, Ludovico Ariosto, había escrito Orlando furioso, un delirio lleno de hechiceras, hipogrifos y hasta un viaje a la Luna. Fantasía pura, cuatro siglos antes de Tolkien.

Y más atrás, en la Edad Media, está la fuente de la que bebe media fantasía moderna: las novelas del rey Arturo. En 1485 Thomas Malory reúne todo en La muerte de Arturo, pero la materia es todavía más vieja: ya en el siglo XII, un francés, Chrétien de Troyes, contaba a Merlín, el Grial, Camelot, la espada en la piedra. Magos, profecías, objetos mágicos, la búsqueda imposible. ¿Te suena? Es el esqueleto de casi todo lo que leés hoy.

O sea que reyes, magos y objetos encantados venían circulando hacía mil años. Pero, ¿y al inicio de todo? ¿Lo más viejo que hay? Eso te lo cuento en la parte siete.

Parte 7

¿Cuál es el primer relato de fantasía de la historia?

Empecemos por uno que a Tolkien lo tocaba de cerca: Beowulf, el poema anglosajón donde un héroe pelea contra un monstruo y un dragón que custodia un tesoro. ¿Un dragón sentado sobre oro? Sí, mil años antes de Smaug. Y no es casualidad: Tolkien era, literalmente, uno de los mayores especialistas de Beowulf en el mundo.

Después están las Eddas nórdicas. De ahí sacó Tolkien media Tierra Media: el nombre "Gandalf" y casi todos los nombres de los enanos salen de un viejo poema nórdico. Y hasta el nombre "Tierra Media" es una traducción de Midgard, el mundo de los humanos en esa mitología.

Y más atrás todavía: la Odisea griega, con su hechicera Circe, su cíclope, sus monstruos marinos. Casi tres mil años de antigüedad, y ya es un mundo lleno de magia.

Podríamos detenernos en cada siglo y encontraríamos decenas sino cientos de obras de este género. Pero vayamos al principio de todo, la obra de literatura más antigua que sobrevivió, la historia escrita más vieja que la humanidad conserva, el Poema de Gilgamesh. Una fantasía, con dioses, monstruos, magia y un deseo de torcer lo inevitable. Todo lo que hoy llamamos fantasía ya estaba ahí, en la historia más antigua que existe. El género no es un invento moderno ni una moda de librería: está en el origen mismo de la literatura.

Y sin embargo, después de todo esto, si la fantasía es tan vieja como la escritura misma, ¿Dónde queda Tolkien? Él murió convencido de que había fracasado, pero eso está muy lejos de ser real. El cierre te lo cuento en la parte ocho.

Parte 8

Tolkien murió convencido de que la obra más importante de su vida era un fracaso. Y en parte tenía razón: nunca la terminó.

Ahora bien, ¿Tolkien inventó algo o no? Sí, una sola cosa.

Todos los que vinieron antes imaginaron lo maravilloso, cada uno a su manera: los mitos como el de Gilgamesh eran verdades que la gente creía; los cuentos de hadas, moralejas para chicos; lo artúrico, realidad adornada. Tolkien fue el primero que agarró un mundo que no existe y lo trató con la seriedad absoluta de uno que sí. No creó la magia ni los dragones: inventó la manera de que te los creas del todo. Le dio a su mundo miles de años de historia propia, idiomas completos con su gramática, geografía, mitología, una lógica interna que no se rompe nunca. Igual que Mary Shelley volvió creíble lo imposible a través de la ciencia, Tolkien lo volvió creíble a través de la coherencia.

Su obra mayor, la de toda su vida, se llama Silmarillion: la historia completa de su universo, desde la mismísima creación. Ahora, Imaginate que ese libro no lo hubiera escrito él. Imaginate que hubiera aparecido tirado por ahí, sin nombre de autor, escrito hace mil quinientos años. ¿Sabés qué pasaría hoy? Que lo estaríamos estudiando como el origen mitológico de una civilización perdida. Que muy probablemente se habría fundado una religión a su alrededor. Porque lo que Tolkien hizo solo, sentado en un escritorio, es exactamente lo que a los pueblos reales les toma siglos de tradición oral.

Y para su tristeza, aunque lo intentó, no logró hacerlo. Y te cuento por qué en la parte 9

Parte 9

Tolkien tenía una obsesión.

Pensaba que Inglaterra había perdido su mitología —los nórdicos tenían sus Eddas, los griegos su olimpo, y a los ingleses casi no les quedaba nada propio— y se propuso escribir esa mitología desde cero. Ese era el proyecto de su vida. El Silmarillion. En cambio, El Hobbit y El Señor de los Anillos eran, para él, apenas dos historias sueltas que pasaban en un rincón de ese mundo.

¿Y sabés qué pasó con el proyecto de su vida? Se lo rechazaron. En 1937 se lo mandó a su editorial, y le contestaron, más o menos, que era demasiado raro, demasiado celta, y que mejor escribiera más cosas de hobbits. Tolkien lo siguió corrigiendo casi cuarenta años. Reescribía, cambiaba nombres, se contradecía a sí mismo, empezaba de nuevo. Y terminó por morir en 1973 sin terminarlo. La mitología que le quería regalar a Inglaterra quedó en cajas: miles de papeles desordenados, versiones que no coincidían entre sí, un rompecabezas al que le faltaban piezas y sobraban otras.

Pero si viste los videos de la ciencia ficción y me venis siguiendo en esta otra serie, seguro notaste el patrón: atrás de cada visionario siempre hubo alguien armando la leyenda desde las sombras. Un pirata que metió a Tolkien en el bolsillo de medio mundo. Un editor que le dibujó a la fantasía su árbol genealógico. Pero en este caso el que hizo el trabajo más grande no fue alguien que venía detrás, sino alguien que Tolkien tenía justo delante.

Parte 10

Tolkien fracasó en su proyecto más grande.

Pero por suerte para todos nosotros, su hijo Christopher entregó la vida entera al desastre que le dejó su padre. Y fue mucho más que un archivista o un corrector. Christopher se encerró años a leer esos miles de papeles contradictorios, y tomó las decisiones que su padre nunca pudo: qué versión valía y cuál se descartaba, qué era lógico y qué rompía el mundo, qué entraba y qué quedaba afuera. Donde faltaban puentes entre una parte y otra, los escribió él. O sea que ejerció de editor, pero también de escritor, y de lo más valioso: fue el guardián de la coherencia de su padre.

El Silmarillion salió en 1977, cuatro años después de la muerte de Tolkien, y existe como libro gracias a su hijo. La obra que convirtió a Tolkien en el arquitecto indiscutido de la fantasía —esa profundidad sin fondo que todos veneran— terminó de existir por el trabajo de Christopher, tanto o más que por el trabajo del padre.

Y fijate la casualidad: 1977 es exactamente el mismo año en que se publicó La espada de Shannara, la primera copia industrial de Tolkien. En el año en que el género se volvía negocio con una imitación, la obra maestra del padre de la fantasía salía a la luz, terminada por otra persona.

La fantasía como genero tiene un linaje eterno, hasta la primera historia que alguien contó de noche, alrededor del fuego. Pero la fantasía moderna, la que llena las librerías hoy, sí tiene un arquitecto, o podríamos decir que son dos.

Cuando decimos que Tolkien es el padre de la fantasía moderna, decimos una verdad… pero ese apellido no es de un solo hombre. Es del padre que soñó el mundo, y del hijo que se pasó la vida volviéndolo real. Uno lo imaginó. El otro lo terminó. Los dos Tolkien cambiaron la historia de la literatura para siempre y todo este viaje empezó con una frase simple: en un agujero en el suelo vivía un hobbit.

← Volver al blog