Blog · Historia de los géneros
El origen de la distopía
Del primer libro prohibido a las dos pesadillas opuestas de Orwell y Huxley: la historia del género que nos advierte que todo paraíso puede ser una cárcel.
Parte 1
1984 es la distopía más famosa de la historia. Pero no fue la primera. Y lo más increíble es que su autor lo sabía perfectamente: dos años antes de escribirla, George Orwell reseñó en un diario la novela que lo inspiró.
Vamos por partes. Cuando alguien piensa en distopía, piensa en Orwell y en 1984: el Gran Hermano que te vigila, la policía del pensamiento, la historia reescrita, la neolengua que borra las palabras para que no puedas ni pensar en rebelarte. Orwell es, para casi todos, el padre del género. Pero antes de meternos en por qué no lo es, aclaremos algo, porque mucha gente confunde distopía con ciencia ficción. No son lo mismo. La ciencia ficción se pregunta "¿qué puede hacer la ciencia?", y muchas veces se maravilla con el futuro. La distopía se pregunta otra cosa, más incómoda: "¿qué nos puede hacer el poder?". Y le tiene terror. Fijate que las mejores distopías casi no tienen tecnología: lo que las define no son las máquinas, sino una sociedad entera organizada para aplastar al individuo. La distopía es, en el fondo, un género político disfrazado a veces de ciencia ficción. Ese es su ADN: el miedo, no a un robot, sino a nosotros mismos organizados en una pesadilla.
Y ahora sí: la pesadilla que Orwell perfeccionó, otro la había escrito veintiocho años antes. Un hombre al que su propio país prohibió. Sigue en la parte dos.
Parte 2
El verdadero padre de la distopía no es inglés. Es ruso. Y tiene el honor más siniestro que un escritor puede tener: haber escrito el primer libro prohibido de la Unión Soviética.
Se llamaba Yevgueni Zamiatin, y su historia es perfecta. Zamiatin era ingeniero naval y bolchevique: había apoyado la revolución rusa con todo. Pero cuando la vio convertirse en una máquina que aplastaba a la gente en nombre del bien común, se desilusionó, y en 1921 escribió Nosotros. Y en esa novela ya está absolutamente todo lo que después vas a ver en Orwell y en los demás. Un Estado Único que lo controla todo. Un líder llamado el Bienhechor. Personas que no tienen nombre, sino un número. Casas de vidrio, para que nadie tenga un solo segundo de privacidad. Un muro que separa a la sociedad del mundo exterior. Zamiatin inventó el molde. ¿Y sabés qué le pasó? Los censores soviéticos lo prohibieron antes de que se pudiera publicar en ruso: tuvo que salir primero en el extranjero, y en su propio país no se editó hasta más de sesenta años después. Fue tan certero retratando la pesadilla totalitaria que la pesadilla totalitaria lo silenció en la vida real.
Y acá se cierra el círculo con la parte uno: Orwell leyó Nosotros, escribió una reseña admirándola, y de ahí sacó buena parte de 1984. El padre del género era un ruso prohibido al que el más famoso le debe media obra. Pero hubo un tercer nombre gigante, y él imaginó una pesadilla completamente opuesta. Sigue en la parte tres.
Parte 3
Hay dos grandes maneras de imaginar el fin de la libertad, y son exactamente contrarias. Orwell imaginó una; otro hombre, Aldous Huxley, imaginó la opuesta. Y la pregunta del millón es: ¿cuál de las dos se hizo realidad?
Te explico, porque es una de las ideas más brillantes que dio la literatura. En 1932, Huxley escribió Un mundo feliz, otra de las grandes distopías. Pero fijate el contraste con Orwell. Orwell le tenía miedo a un mundo que te controla con el dolor: que te prohíbe los libros, que te tortura, que te vigila con el Gran Hermano, que te doblega a la fuerza. La bota pisando una cara, para siempre. Huxley le tenía miedo a lo contrario: a un mundo que te controla con el placer. Donde nadie prohíbe los libros porque ya nadie quiere leer. Donde te mantienen dócil con entretenimiento infinito, con una droga que te hace feliz, con distracciones para que nunca pienses. Orwell temía que nos aplastaran; Huxley temía que amáramos aquello que nos esclaviza. Uno imaginó una cárcel que odiás; el otro, una jaula que amás y de la que no querés salir.
Y hubo un tercer nombre enorme que se plantó justo en el medio de esas dos pesadillas, combinándolas: Ray Bradbury. En 1953 escribió Fahrenheit 451, que toma su nombre de la temperatura a la que arde el papel, un mundo donde los bomberos, en vez de apagar incendios, queman libros. Hasta ahí es la pesadilla de Orwell: el Estado que prohíbe y destruye. Pero fijate el detalle genial: en ese mundo la gente ni siquiera extraña los libros, porque ya nadie quería leer. Viven hipnotizados frente a pantallas gigantes en las paredes, atontados de puro entretenimiento. O sea que Bradbury juntó las dos mitades en una sola historia: te queman los libros por la fuerza, como en Orwell, pero total ya no los querías, como en Huxley. La bota y la droga, juntas.
Y el molde siguió pariendo clásicos. En 1962, el británico Anthony Burgess escribió La naranja mecánica, sobre un joven ultraviolento al que el Estado 'cura' borrándole la capacidad de elegir el mal, y ahí planta una de las preguntas más incómodas del género: un hombre al que le quitaron la libertad de elegir, aunque sea elegir lo peor, ¿sigue siendo un hombre? Y ya en nuestro siglo, la distopía se metió en el corazón de toda una generación de jóvenes con Los juegos del hambre, de Suzanne Collins: un país donde obligan a los chicos a matarse entre ellos en un reality show, para tener al pueblo entretenido y aterrado al mismo tiempo. Fijate que ese país se llama Panem, del latín panem et circenses, 'pan y circo': la vieja receta romana de controlar a la gente manteniéndola distraída. La idea de Huxley, pero con dos mil años de antigüedad.
¿Y cuál acertó? Esa pregunta te la dejo picando, porque es incomodísima. Pero antes, una vuelta que casi nadie conoce: mientras estos dos hombres se volvían célebres, una mujer ya había escrito una de las distopías más escalofriantes de todas. Y la firmó con nombre de varón. Sigue en la parte cuatro.
Parte 4
En 1937, doce años antes de 1984, una mujer imaginó un mundo donde los nazis habían ganado la guerra. Lo escribió antes de que la guerra empezara. Y para publicarlo, tuvo que hacerse pasar por hombre.
Se llamaba Katharine Burdekin, y firmó como "Murray Constantine". Su novela imagina un futuro, setecientos años después de una victoria total del nazismo, donde a Hitler se lo adora como a un dios y las mujeres están reducidas a puro ganado reproductor, encerradas como animales, sin educación, sin historia, sin nada. Una pesadilla feminista y antifascista, escrita cuando Hitler todavía ni había empezado la guerra. Y acá está lo trágico: nadie supo que era una mujer. El libro se olvidó, y recién en los años ochenta, ya muerta ella, una investigadora descubrió que "Murray Constantine" era Katharine Burdekin. Cincuenta años enterrada. Como en mis otras series: la mujer que llegó antes, borrada; el nombre de un hombre, aunque fuera falso.
Y no es un caso aislado, porque la distopía más famosa de las últimas décadas también es de una mujer: Margaret Atwood, con El cuento de la criada, ese mundo donde las mujeres fértiles son esclavas reproductoras. Y Atwood dijo algo que es la llave de todo el género: que ella no puso en su libro una sola cosa que la humanidad no hubiera hecho ya, en algún lugar y en algún momento de la historia real. Guardá esa idea, porque al final lo cambia todo. Ahora bien, ¿y en nuestra propia tierra? Acá la distopía fue algo muy distinto: no la imaginamos, la vivimos. Sigue en la parte cinco.
Parte 5
En Latinoamérica, el futuro oscuro nunca fue una idea abstracta. Acá lo vivimos y lo imaginamos, pero casi siempre de la misma forma: como algo que nos robaron.
Mientras en Europa Orwell y Huxley imaginaban tiranías del futuro, buena parte de nuestro continente sufría tiranías del presente: dictaduras, censura, desaparecidos, poder absoluto. Y de ahí nació un género casi nuestro, la novela del dictador, que retrata a esos hombres que gobiernan como dioses. El guatemalteco Asturias escribió El Señor Presidente; García Márquez, El otoño del patriarca; el paraguayo Roa Bastos, Yo el Supremo. No eran advertencias sobre lo que podía venir: eran espejos de lo que estaba pasando. El tirano que te roba el presente.
Pero nuestra imaginación oscura también miró el otro robo, el del mañana. Y acá quiero contarte de un libro argentino del que ya te hablé en su propio video: Todos los soles mienten, de Esteban Valentino. Es una distopía que rompe las reglas de la distopía, porque el enemigo no es un tirano ni un Gran Hermano: es el fin del mundo mismo. Imaginate un futuro donde el sol se está apagando. El planeta se congela, un invierno eterno lo cubre todo, y la humanidad agoniza. Y en el centro de la historia hay un grupo de adolescentes con la peor certeza posible: saben que son la última generación de seres humanos que va a existir. Y lo más hermoso es lo que Valentino hace con esa premisa helada: en vez de un mundo frío y vacío, la llena de historias íntimas, de amor, de amistad, de chicos tratando de vivir con dignidad bajo una sentencia de muerte colectiva. Es la cara más humana del género: no el poder aplastándote desde afuera, sino el tiempo que se te acaba entre las manos.
Y la cosa sigue oscurísima hasta hoy: otra argentina, Agustina Bazterrica, escribió Cadáver exquisito, un mundo donde comerse carne humana criada en granjas se volvió legal y normal. Otro robo, esta vez el del propio cuerpo. Pero la distopía, aunque acá la hayamos vivido y soñado en carne propia, es una idea muchísimo más vieja, y esconde un secreto. Porque todas estas pesadillas nacieron de un sueño. Del sueño opuesto. Sigue en la parte seis.
Parte 6
Acá está la clave que le da sentido a todo el género: la distopía es el reverso exacto de otra cosa mucho más antigua y mucho más luminosa. La distopía es una utopía que dejó de creer en sí misma.
Te explico. En 1516, un inglés llamado Tomás Moro escribió un libro sobre una isla con una sociedad perfecta, sin pobreza, sin injusticia, y la llamó Utopía. Y ojo con el chiste que le metió, porque es genial: "utopía" significa, a la vez, "buen lugar" y "ningún lugar". O sea que desde el día uno, la idea del mundo perfecto venía con una trampa incorporada: el lugar ideal es, justamente, el que no existe. Durante siglos, los escritores soñaron utopías optimistas, sobre todo en el siglo diecinueve, cuando la ciencia y el progreso parecían prometer un paraíso a la vuelta de la esquina. Pero después vino la realidad y rompió el sueño en pedazos: la Primera Guerra Mundial, la revolución rusa convirtiéndose en terror, las máquinas volviéndose cárceles. Y ahí el sueño se dio vuelta como un guante. La utopía optimista se transformó en la distopía. Zamiatin, ¿te acordás?, era un revolucionario desilusionado: escribió la primera gran distopía justo cuando vio que su utopía se pudría. La distopía es el mismo sueño del paraíso, fotografiado desde adentro una vez que se echó a perder.
Pero el sueño del mundo perfecto —y su lado oscuro— es mucho, muchísimo más viejo que Tomás Moro. La primera vez que alguien diseñó una sociedad perfecta fue hace casi dos mil quinientos años. Y era una pesadilla. Sigue en la parte siete.
Parte 7
El primer plano de una sociedad perfecta lo dibujó un filósofo hace casi dos mil quinientos años. Y si lo leés con atención, es una de las distopías más aterradoras jamás imaginadas.
Estoy hablando de Platón y su República, escrita en la antigua Grecia. Platón se propuso diseñar el Estado ideal, la sociedad perfectamente justa. ¿Y sabés cómo era ese "paraíso"? La gente estaba dividida en clases fijas de las que no podías salir. Los poetas y las historias estaban censurados, porque podían meter ideas "peligrosas" en la cabeza de la gente. Se planificaba quién podía tener hijos con quién, para "mejorar la raza", en una especie de cría humana controlada por el Estado. A los hijos se los sacaban a los padres para criarlos en común. Y los gobernantes podían mentirle al pueblo "por su propio bien". Leído hoy, el Estado ideal de Platón tiene censura, eugenesia, castas y propaganda: es Orwell, es Zamiatin, ¡pero hace veinticuatro siglos! Y no lo escribió como una advertencia, ojo: lo escribió en serio, como su modelo de sociedad perfecta.
Y ahí está, servida, la revelación que veníamos persiguiendo desde la primera parte. Porque si la sociedad "perfecta" de Platón es una pesadilla, y la utopía de Moro no existe, y el sueño socialista se convirtió en terror… entonces quizás el problema no es que estas utopías salieron mal. Quizás el problema es otro, mucho más profundo. Sigue en la parte ocho.
Parte 8
Llegamos al final, con la idea que le da vuelta el género entero. Nos pasamos siete partes viendo distopías: mundos perfectos que resultaron ser infiernos. Pero el secreto es este: no es que esos paraísos fallaron. Es que todo paraíso, por definición, es una cárcel.
Pensalo. ¿Por qué el Estado Único de Zamiatin, el mundo feliz de Huxley, la utopía de Moro y la república de Platón terminan siendo, todos, pesadillas? Porque para que un mundo sea perfecto para el conjunto, para que no haya desorden, ni conflicto, ni infelicidad, hay que eliminar lo único que genera desorden, conflicto e infelicidad: el individuo libre. Vos. Tus deseos raros, tus dudas, tu derecho a equivocarte, a rebelarte, a ser distinto. La perfección del todo exige borrar al uno. Por eso la distopía no es una fantasía sobre un futuro malo. Es una advertencia sobre una buena intención llevada hasta el final. Nace siempre de alguien que quería salvar a la humanidad, y que para lograrlo tuvo que encadenarla. Y acordate de lo que dijo Atwood en la parte cuatro: nada de esto es inventado, todo ya pasó. La distopía no predice el futuro; sostiene un espejo frente al presente.
Y ahí está por qué es, quizás, el género más necesario de nuestra época. Es el único cuyo trabajo es hacerte desconfiar del paraíso. Enseñarte que cuando alguien te promete un mundo perfecto, tenés que preguntar quién va a pagar el precio. La distopía no tiene un solo padre, ni una fecha de nacimiento: nació el día en que el primer ser humano soñó con un mundo perfecto, y el segundo se preguntó cuánto iba a costar.
Tené en cuenta que no todos los que vagan están perdidos. Algunos buscamos historias.
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