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Portada de Todo lo que tengo lo llevo conmigo

Todo lo que tengo lo llevo conmigo

Herta Müller

En enero de 1945 un pibe de diecisiete años mete sus cosas en una caja de gramófono, la usa de valija, y sale de su casa en Transilvania con una patrulla atrás. No hizo nada. Se lo llevan porque es de origen alemán, y la Unión Soviética se está cobrando la guerra con mano de obra.

Lo perturbador es que él se quiere ir. En su pueblo esconde que es homosexual, algo que ahí podía costarle la cárcel, y piensa que el campo de trabajo lo va a salvar de su propio secreto.

Lo escribió Herta Müller, rumana de la minoría de habla alemana, Nobel de Literatura 2009. Y no es una historia que inventó: su madre pasó cinco años deportada en un campo soviético, y ella armó el libro con los recuerdos del poeta Oskar Pastior, que estuvo ahí.

Lo que sigue en la narración son cinco años de pala, cemento y carbón en Ucrania, y una criatura que Müller inventa para nombrar uno de los dolores: el ángel del hambre, que no te mata pero que te acompaña sin descanso.

El libro se llama Todo lo que tengo lo llevo conmigo, y esa frase es, textual, el primer renglón.

Y el final no es la liberación. El final es volver a una casa donde tus padres ya tuvieron otro hijo, donde nadie sabe cómo hablarte, y entender que lo único que te sostuvo cinco años fue una frase que te dijo tu abuela en la puerta: sé que vas a volver.

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