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Las intermitencias de la muerte
¿Y si mañana, en tu país, dejara de morir la gente? Para siempre.
Suena a sueño. Un país donde, de un día para el otro, nadie muere. Los hospitales se llenan de personas que deberían haber partido y se quedan suspendidas, vivas a la fuerza, sin poder avanzar ni terminar. Los moribundos no se curan: simplemente no mueren. Y entonces empieza el verdadero problema.
Porque si nadie muere, las funerarias quiebran, las iglesias se quedan sin sentido, los geriátricos colapsan, el Estado entra en pánico. La inmortalidad, que parecía una bendición, se convierte en una pesadilla logística, política y profundamente humana.
José Saramago agarra una sola idea —la muerte se toma vacaciones— y la persigue hasta sus consecuencias más absurdas y más conmovedoras. Su prosa no tiene puntos donde los rápidos, ni diálogos marcados, y aun así te arrastra como una corriente.
Las intermitencias de la muerte es ingenio, ironía y una vuelta de tuerca final que te va a dejar pensando durante días.
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