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Portada de El planeta de los simios

El planeta de los simios

Pierre Boulle

Un científico brillante llega a un planeta nuevo. Lo capturan, lo meten en una jaula, y en cuestión de semanas deja de hablar. Después deja de entender. Cuando su compañero de viaje logra encontrarlo, lo ve en cuatro patas, disputándose la comida con otros humanos desnudos. No lo reconoce. Ni siquiera intenta reconocerlo.

Eso no está en la película. Y casi nada de lo que creés saber de esta historia está en el libro que escribió el francés Pierre Boulle.

Olvidate de los simios primitivos a caballo, del desierto y de la playa. Acá los simios manejan autos, fuman, tienen aviones, hospitales, universidades y congresos científicos. Su civilización es idéntica a la nuestra: la misma burocracia, las mismas peleas de ego entre académicos. Ese es el chiste, y es bastante más incómodo que un mono con un rifle.

El libro se llama El planeta de los simios, y tiene dos cosas que el cine le borró.

La primera: no pasa en la Tierra. Pasa en un planeta llamado Soror, orbitando Betelgeuse. La Estatua de la Libertad enterrada en la arena no está en la novela. La inventó el guionista de la película.

La segunda es que el que narra no es un militar furioso: es un periodista, y no odia a los simios. Los admira. Le parece una civilización que funciona bien. Y ahí está la trampa, porque los humanos de Soror no perdieron una guerra ni una bomba, sino que dejaron que los simios les hicieran primero el trabajo pesado, después el trabajo fino, después el trabajo de pensar. Y un día se olvidaron de cómo hablar.

Es una furibunda crítica y advertencia sobre la comodidad.

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